En su primera cita a ciegas, Rodolfo Espíndola no estuvo tan suelto como en las siguientes. Le había tocado en suerte una mujer bonita, con ojos color almendra, pechos de miel, modales finos y un vocabulario de lo más extenso. Rodolfo la miraba como se mira a un animal en el zoológico, con algo de admiración y con algo de pena. Cavilaba para sus adentros: "la lambería toda". Sin embargo, lo único que se le oyó repetir como un loro todo a lo largo de esa noche fue: "desde luego, desde luego". La mujer lo despachó pronto y con buenos modos, a tal punto que a Rodolfo ni siquiera le pareció sentir el rechazo. Acusó el impacto a la mañana siguiente, con la taza de café tibio entre las manos y un cigarrillo negro puesto como una birome detrás de la oreja. A punto estuvo de caer en un pozo depresivo del que no hubiera podido salir ni con una grúa, pero Rodolfo Espíndola atinó a coger el tubo del teléfono y discar el número de su amigo Enrique, alias Quiquerno, para que le arreglara una nueva cita -de ser posible, esa misma noche- con alguna entrañable desconocida.
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